
Ayayero, sobón, adulador, chupamedias, halagador, lisonjero, lameculos. En nuestra variopinta comunidad, ¿quién no se ha encontrado con personajes tales? A menudo se los ve, caminando por la calle, con su fraudulenta sonrisa, con ademanes lisonjeros, hincándose para saludar, arrastrándose para olfatear el culo respingado de su caudillo de turno.
Por más inconsecuente que sea la
decisión u opinión de su líder, este tipo de personajes mezquinos, asiente para
celebrar tamaña barrabasada como si fuese la más lucida lubricación de un genio
superlativo.
Algunas veces se los ve, departiendo
el desayuno, almuerzo o menú, alrededor del jefe, caudillo, líder, señor. Como
meros cortesanos anodinos, un día son de izquierda y otro día son de derecha.
Otras veces hasta cocinan, misma hembrita (con respeto a las damas); también son
capaces de mentir, encubrir cualquier cosa, por solo ganarse el favor de su
papi su churro su Ricky su rey.
Sea cual fuese el lugar o la
institución, ahí están enturbiando cualquier consecuente acción de progreso.
Pues sí, en nuestra peruanísima sociedad, donde todo es al revés, es donde
abundan. Aquí, donde al que trabaja, desea progresar o mejorar algo, lo
marginan, lo tumban, pues el ya conocido deporte nacional: apedrea a quien está
arriba o quiere subir, es practicado con licencia por los ayayeros. Aquí, donde la meritocracia es una utopía, que
provoca nauseas a tan abyectos personajes, pues solo basta la lisonja, la vara,
la sonrisita fingida, el fraude, la coima, el serrucho, la maleta.
